aquemarropa

jueves, 28 de mayo de 2009

Para Jussara

 

 

 

 

 

Aquella casa había permanecido cerradamuchos años, y cuando nos instalamos todo parecía normal. Aunque estaba algodesfasada. Los elementos electrónicos, habían pasado de moda hacia tiempo, peroal menos era nuestra. Eso decía cada dos pasos mi padre. Nuestra casa, su vozorgullosa se acomodaba en las paredes. Sí, nuestra casa, pensé, y decidíexplorarla junto a mi hermano.

            —¿Vamos? —me preguntó con airejovial—; tú pagas.

            Y salió corriendo escaleras arribasin mirar atrás. Yo salí detrás de él y mi padre a nuestra espalda nos gritocon voz severa: “Niños, por favor, no corráis en casa. Eso, en la calle”.

            Ni siquiera nos giramos, mi hermanome había tomado mucha delantera y había abierto las puertas de unos cuantoscuartos. Hasta que descubrió aquella habitación. Me llamó lleno de excitación:

            —¡María, María, ¿dónde estás?, ¿porqué no vienes?! ¡Corre, corre! Mira esto, es increíble. Es una habitación dejuegos…

            —¿Una habitación de juegos? —lepregunté a gritos desde la que sería mi nueva habitación.

            —Sí, ven, date prisa. No te lo vas acreer.

            —Manuel, no será para tanto. Siempreestás exagerando. Seguro que ahora lo haces otra vez.

            —No, de verdad, no lo hago. Estahabitación es fantástica. Cambia con el pensamiento…

            —Mentira —le volví a gritar desde elpasillo—, eres un mentiroso. Esas habitaciones desaparecieron hace décadas, yalo sabes. Las desmontaron por ser peligrosas para los niños.

            —Sí, ya lo sé, por eso no puedocreerlo. He pensado en un barco pirata y ha aparecido. El mar, su olor, lasgaviotas; todo. Lo estoy viendo y no me lo creo todavía. Es tan real, sonhologramas, las paredes están recubiertas de sensores… Al fondo veo la granBlanca, el Leviatán de los océanos.

            —Ya será para menos —le respondí conaire despectivo.

            Mi hermano era un mentiroso, por esomismo lo habían expulsado de varios colegios. Nadie se creía ni una palabra delo que decía, ni siquiera mis padres, que ya hacía tiempo lo habían dado porimposible. Era carne de correccional, o al menos eso decía él cuando pensabaque nadie lo escuchaba. “La policía le hará un hombre de él”, sentenciaba conamargura. A menudo le decía eso mi padre a mi madre en la cocina. “Este niño sisigue así, será carne de presidio. Es lo más bajo que se puede caer…”. “Bueno,podría ser peor, ya sabes, ser un vídeo-presentador en la televisión. Al menoslos policías tienen cuerpo, los presentadores, ni eso. Los reciclan y losutilizan para construir más viviendas automatizadas.”; le respondía mi madrecon cautela. Aunque Manuel como solía suceder estaba al margen de todo aquello.Él vivía en su mundo, donde todo se regía por sus propios principios, es decir,una rebeldía total a cualquier forma o sistema preestablecido por los mayores.

            Por eso, cuando entré en lahabitación, mis ideas sobre él cambiaron. Al menos en esto no había mentido.Aquella era una sala de juegos en toda regla.

            —Lo ves, no te mentía...

            —Ya, eso veo. Pero no puede ser.

            —Eso mismo pienso yo. No me lo creo,pero mira, ahí está el maldito barco.

            —¡Humm!, sí, pero no hables así. Yasabes que no le gusta ni a papá ni a mamá.

            —¡Shhhh! —me ordenó silenciollevándose el dedo índice a los labios—, a ellos ni una palabra. Si no, seacabó la sala de juegos.

            —Ya lo sé, será mejor que lacerremos y bajemos.

            —Sí, creo que es lo mejor. Nopodemos hacer nada por el momento, sólo mantenerlo en secreto. Nuestros padresno pueden saber nada de ella. ¿Lo comprendes?

            —¡Claro!, que no soy tonta.

            —Bien, pues no hablemos más de esto,hasta que nos hayamos instalado en la casa. Yo me pediré el cuarto contiguo ala sala.

            —Como quieras, yo ya he elegido micuarto.

            —Muy bien, una vez elegidas nuestrashabitaciones, será mejor que bajemos al primer piso con papá y mamá.

            Y eso hicimos. Bajamos al primerpiso, pero no como dos niños, si no como dos potrillos salvajes.

            —¡Tú la llevas! —me gritó riéndose.

            —Eso no vale, me has cogido desprevenida—le reproché sabiendo que no serviría para nada—. Mi hermano sabía ser unsalvaje, ¿lo llevaría en la sangre?, era una pregunta que me asaltabacontinuamente, pero a la que nunca encontraba respuesta. Suponía que sí, quealgo pasaba en su sangre, porque si no, ¿Por qué se comportaría de aquellamanera? Dejé estos pensamientos y lo seguí…

            Los ecos en la madera producidos pornuestros zapatos y nuestras risas inundaron aquella casa vacía de vida hastanuestra llegada.

            La voz de mi padre nos llamónuevamente al orden:

            —Niños, niños, ya os lo he dicho, encasa no se corre, por favor. Si queréis correr salid fuera.

            —Leonardo, es normal, están explorandola casa… —le dijo mi madre con su voz amorosa.

            —Ya lo sé, Isabel, pero no me gustaque se corra en casa. Y menos cuando aún tenemos que reformar algunas cosas. Lacasa es vieja, ya lo sabes, y nuestro presupuesto escaso. No podemos tenergastos extras.

            —Lo sé amor, sin embargo, ¿no vamosa dejar a los niños que disfruten de su nuevo hogar?

            —Tienes razón. ¿Qué diablos? La casaes vieja, pero parece resistente.

            Se miraron y con una sonrisacómplice, todo quedó aclarado. Aunque nosotros salimos al jardín para hablar dela sala de juegos. Nuestro nuevo objetivo en la casa. Lo demás se habíaderretido como la nieve ante los primeros rayos de la mañana. Sólo pensábamosen una cosa, en entrar esta misma noche y descubrir el funcionamiento de lasala.

 

            Manuel me esperaba en la puerta conla mano en el pomo.

            —¿La abro? —me preguntó en unsusurro.

            —Claro, tonto. Para qué nos hemoslevantando tan tarde. ¿Quieres que nos quedemos toda la noche contemplado lapuerta? O al final nos decidiremos a entrar. No pensé que fueras tan cobardica,Manuel.

            —Ya, no hace falta que te pongasasí, sólo era una pregunta…

            Al entrar en la sala la oscuridad yel silencio reinaban. Ni rastro del salitre marino, ni de las voces de loscorsarios. Las olas que antes rompían contra la madera del barco, ahora erasólo un residuo elaborado por nuestra memoria.

            —¿Has oído esa voz? —me dijo Manuel.

            —No, no he escuchado nada. Ya estáscon tus cosas.

            —No, esta vez no. De verdad; he oídola voz de hombre.

            —Yo no he sentido nada. Y estoy aquía tu lado. ¿No lo habrás imaginado?

            —María, por favor, ¿tú también? Noestoy loco, ya lo sabes. Bueno, a veces, escucho voces, sí, pero esto ha sidodistinto. Aquella voz fue aterradora, es de alguien que se siente solo. Y elmiedo es lo único que lo mantiene cuerdo.

            —No me digas que ahora te hasconvertido en un experto en el miedo.

—¿Te burlas de mí?

—No, Manuel, tan sólo bromeaba. Tecreo, si tú lo dices. Aunque yo he oído nada.

            —Ahora. ¿Lo oyes?, ¿de verdad que noescuchas lo que dice?, ¿sus lamentos?

            —No. ¿Qué dice?

            —No lo entiendo muy bien; habla unespañol un poco raro. Dice algo de un barco, de un naufragio, que se perdió enla selva. Y que ellas lo encontraron. Al principio todo fue bien, pero poco a pocolas cosas fueron cambiando... Ahora sólo desea escapar de ellas.

            —¿De ellas?

            —No sé quién serán esas “ellas”. Pero de lo que estoy seguro esque está aterrorizado. Y que a mí me está asustando. Salgamos.

            —¿Nos vamos a ir así, sin más?

            —Tengo miedo, María. No puedo ni moverme.Las manos me sudan, las ves, y no puedo pensar con claridad. Esa maldita voz,se me ha clavado en el cerebro. Quiero irme a la cama y no entrar aquí jamás.Olvidarlo todo, olvidar esa voz…; esta maldita sala. Fue una mala idea entrar.

            —Manuel, por Dios, sé un hombre. Nodices siempre que a ti nada te asusta. ¿Sólo era una bravata de niño? Tenemosque hacer algo, lo que sea. Ese hombre nos necesita. El problema más importantees saber dónde estará —lo zarandeé— para sacarlo de su sopor.

            —En esta maldita sala, seguro —gritóManuel enloquecido—. Quiero irme de aquí, déjame, déjame, maldita sea.

            —¡Cállate! —le ordené. Cerrando lapuerta detrás de nosotros.

            Un par de parpadeos y una selva salvajementeespesa apareció ante nuestros ojos atónitos. La humedad y el calor hizo quenuestros cuerpos reaccionaran; el sudor nos recorría libremente, filtrándose a laropa

—No lo soporto María, ¡tengo que salir!—me gritó Manuel.

—Lo sé —le respondí—, pero primerotenemos que ayudar a ese hombre. Después saldremos de esta sala y no volveremosnunca. Es peligrosa.

Una duda me asaltó: “¿realmente lepasaba algo a mi hermano? No seríamos nosotros, su familia los causantes de surebeldía, de su conducta errática?” Lo que sí que tenía claro que no parecíaél. Manuel, mi hermano, ese muchacho valiente, ahora era como una hoja en lasuperficie de un río, tembloroso, sin saber qué hacer, con una sola idea, salircorriendo. Algo que habría hecho si yo no lo retuviese contra su voluntad. Loobligué a caminar a mi lado, adentrándonos cada vez más en la oscuridad de laselva.

Los mosquitos como una nube negra secebaron en nosotros. Era insoportable, cómo podríamos quitarnos aquella plagade encima. No había manera humana posible de deshacerse de ellos. Avanzábamoscon gran lentitud, el calor sofocante y los mosquitos no nos facilitaban nadala marcha. Seguíamos la voz del hombre que, poco a poco, se iba confundiendocon los gritos de unas mujeres.

Los sonidos, los olores… Todo lo quesentíamos era demasiado real. ¿Aquella sala había tomado consciencia de símisma? ¿Era un ente vivo?, y si fuese así, ¿cómo podríamos ayudar a aquéldesgraciado? Cientos de preguntas revoloteaban en mi cabeza, pero no podíatomarme el tiempo suficiente como para pensar en ello, lo primero era ayudar alhombre.

—¿Manuel, estamos cerca?

—Sí, creo que sí. Su voz ya no se oyeigual; al menos no con la misma intensidad, es como si hubiese sido el eco enun abismo. Conforme avanzamos hacia ella pierde fuerza. Es cada vez más débil,aunque constante.

—Entonces sigamos —animé a mi hermanoa seguir.

Hasta que la voz de una mujer atronóen la aparente calma de la selva; helándonos la sangre:

—¿Para qué queremos a los hombres?          

            —Para nada —respondió un coro.

            —Eso seres inferiores sólo sirvenpara una cosa: para procrear, ¿después qué debemos hacer con ellos?

            —Comérnoslos —gritaron las mujerescomo una sola voz.

            —Así me gusta hermanas. Parece quesabéis qué debemos hacer con ellos. No nos queda otra salida. Los hombres sonesclavos de sus impulsos, de sus miedos, de sus tentaciones.

            —¡Síiiiiiiiiii! —respondió la masasedienta de sangre.

            —¿Sabemos qué debemos hacer conellos? —preguntó la voz.

            —¡Sí!, lo sabemos —reconoció el corosin piedad—. Deben morir después de realizar su función, ni un minuto antes niuno después. No sirven para nada, sólo para comer y dormir.

            —Hermanas, veo con agrado quecomprendéis la verdadera naturaleza de los hombres. Sí, sus cuerpos son hermososcomo el sol, nos atraen con su voz grave, con sus ademanes algo rudos. Pero, hermanasmías, debemos ser fuertes, de ello depende que nuestra tribu sobreviva. Que lapureza de la sangre se mantenga. No podemos permitir que ningún hombre salga deaquí con vida. Ninguno.

            —¡Nooooooooo! —respondieron sin unatisbo de duda—. Estamos contigo hermana. Todos deben morir.

            —Gracias hermanas, no esperaba menosde vosotras. Ya sabéis que yo siempre velo por el bienestar de la comunidad, nopor mis intereses. Para mí lo más importante es el grupo. Porque si no estamosjuntas, hermanas, el hombre vendrá a poseer nuestros cuerpos y a esclavizarnuestras almas. Y eso no puede ser. No, porque por eso nosotras elegimos estavida. Deseábamos la libertad y la independencia de sus manos y de suspensamientos embrutecidos por los deseos primarios. Sólo son animales, nadamás.

            —Tienes razón hermana —dijeron unatras otra convirtiéndose en un eco que llenó el claro donde estaban reunidas.

            —Gracias, una vez más por vuestroapoyo. Hermanas la hora de la ceremonia está cerca, y debemos prepararnos. Nosobligamos a purificar al hombre que tenemos encerrado. Así que, ya no os entretengomás. Sólo deseaba recordaros porqué hacemos estos sacrificios. No por ellos, sino por nosotras. De las inmolaciones depende nuestra supervivencia. La felicidadde nuestras hijas y la conservación de nuestro orden superior.

            —¡Síiiiiiiii! —vociferaron excitadascon sus voces agudas.

            —Ahora podéis marcharos en paz. Yque la diosa nos proteja. El condenado espera su hora; y ésta ha llegado.Hermanas debemos empezar la ceremonia.

 

            El miedo nos paralizaba, qué podíamoshacer. Seguir avanzando, retroceder…, no podíamos hacer nada por aquéldesdichado. Y Manuel cada vez tenía peor cara. Lo agarré de la mano y tiré deél hasta que nos escondimos detrás de unas rocas. Los fuegos ardían en elpoblado y sus cuerpos cimbreaban al son de unos pequeños tambores; arrancándolede vez en cuando alguna quejido animal. Los sonidos ancestrales se mezclabancon el brillo oscuro y verde de la selva. Las lágrimas nos inundaban los ojos;el miedo no nos dejaba ni pestañear. Cuanto menos movernos de donde estábamos.

 

            Las amazonas se acercaron alcondenado con pasos lentos. Sus cuerpos embadurnados con olios y vestidos con ropajesde guerra, palpitaron unos minutos delante de sus ojos desquiciados. El hombrese había arrancado la lengua. No había podido aguantar el ser enjaulado como unanimal, después de que le sacaran hasta la última gota de su semilla. El pobreincauto pensó que había descubierto el paraíso, pero no tardó mucho en darsecuenta de que en realidad, lo que tenía ante sus ojos, era el infierno másbello jamás soñado. Porque cada una de aquellas bellísimas mujeres, era enrealidad una máquina perfecta de matar; con sus máscaras de guerra y suscuchillos siempre preparados.

            El condenado intentó pedir perdón.De su boca surgieron algunos sonidos incomprensibles, no recordaba que hacía unpar de día se había cercenado la lengua de un mordisco. Tenía miedo de morir,no quería. Un alarido al aire fueron sus últimas palabras a la desesperada, queno sirvió de nada. Lo sacaron de la jaula y sin contemplaciones los arrastraronhasta la pira de sacrificios.

            —¡Hermanas, hermanas… demos comienzoa la ceremonia!

            —Debemos marcharnos, Manuel. Salirde este horrible lugar…

            —Sí, por favor. Sácame de aquí —merespondió suplicante mi hermano.

            —Hay que desconectar la sala.

            —Eso es muy fácil decirlo. ¿Perocómo lo haremos?

            —No lo sé. Lo primero es salir ymañana pensaremos cómo podemos hacerlo. Ahora lo más importante es abandonareste infierno verde.

            —Sí.

            Después no volvimos a hablar. Desandamosel camino hasta la puerta y una vez en la seguridad del pasillo nos fuimos cadauno a nuestro cuarto. Las pesadillas se encargarían de recordarnos cada día elhorror y la brutalidad que hay en cada uno de nosotros.


Tags: relato

COMENTARIOS